Morena Galopera Empoderada. La historia de una perra feminista
La llegada de Morena
Por Lizandra Rolón López
Morena llegó a Kuña Róga a fines de agosto del 2017. Parecía maltratada, enferma y herida profundamente en su cuerpo y autoestima. Buscó refugio en nuestra casita tratando de huir de los perros de la cuadra. Estaba en celo. No la habíamos visto antes, no sabíamos de dónde salió y cómo llegó, pero una mañana, apareció. Primero la encontró Marcella, quien propuso que alguien que estuviera mayor tiempo en la oficina se hiciera cargo de ella. La cosa no era muy fácil, teníamos horarios y había momentos en que no estábamos, pero las ganas de protegerla y de darle amor estaban.
Luego de la interpelación de Marcella, salí al patio y la vi, toda miedosa y huidiza, flaca, herida y sangrante. Nos miramos, y al parecer conectamos. Me acerqué a ella, le hablé y al instante se tiró al piso miedosa, tímida, agachada, pero moviendo la cola. Por su expresión, noté que tenía miedo, pero que a la vez quería confiar. Vi que tenía las tetas estiradas, al parecer ya había parido con anterioridad, ya era una perra desarrollada, quizás tenía más de un año, o quizás dos. Tenía una cicatriz de un corte entre el cuello y la espalda, supuse que fue un “machetazo”. Decidí hacerme cargo de ella, pero en días y horarios de oficina.
La dejamos en el patio, mientras duraba el celo. Le daba de comer, le daba agua y conversaba con ella. Isolina, mamá de Marcella, había llevado una curabichera y una pomadita para la herida, entonces, también me tocaba untarle. Una vez, mientras la atendía, le pregunté cómo quería que la llamé, en tanto, me miraba fijamente. Le tiré un par de opciones, todos relacionados a su pelaje negro azabache: negra, bombón, carbón, mulata, preta, y por ahí nomas salió “Morena”. Cuando dije ese nombre, abrió los ojos y levantó las orejas, y entendí que le encantó. Desde ese día, la llamé MORENA. Y los demás nombres vinieron por añadidura.
La loca se domesticó rápido, mientras sanaba física y emocionalmente, también le crecía la panza. La habían preñado, pobrecita. No la quisimos devolver a la calle y esperamos a que pariese en el patio para poder castrarla y buscarle un hogar responsable. Se empoderó tanto la loca, que empezó a creerse dueña de toda Kuña Róga, recelaba el lugar, y no dejaba que cualquiera se acercara, sobre todo hombres. Ahí adquirió el nombre de EMPODERADA, mientras que “GALOPERA” hacía juego con MORENA, de la danza paraguaya GALOPERA.
Y así fue que, casi tres meses después, parió a once perritos. Me asusté tanto al ver la cantidad cuando fui a visitarla un fin de semana que, al notar mi reacción, ella también se asustó.
En ese momento, sentí que me pedía perdón por la situación y me dio mucha pena. Le dije que me disculpara, que no estaba acostumbrada a ver tantos perritos de una vez. Entonces, le pedí permiso para acercarme y ver que todo estuviera bien. Accedió, y desde ahí, fui la única que podía estar con ella y sus once perritos.Y así comienza la aventura de Morena Galopera Empoderada en Kuña Róga. Cuando sus perritos cumplieron entre 2 a 3 meses, fueron dados en adopción. Tres de ellos murieron, pero la mayoría había sobrevivido ¿Vivieron luego de darles en adopción? No sé. Por salud mental decidí no darles seguimiento porque sabía que me iba a afectar si me decían que “no sobrevivieron”. Decidí creer que estaban bien y evadir las probables realidades.
Al poco tiempo, se suma a Kuña Róga Julieta, y con ella comienza la siguiente parte de la historia de Morena. Un día para el otro, Morena comenzó a sangrar, decidimos llevarla con Julie a la veterinaria y fue diagnosticada con tumor de sticker, una infección de transmisión sexual en perros en situación de calle. Su tratamiento requeriría varias sesiones de quimioterapia, realizamos aproximadamente seis sesiones, hasta que se curó. Ahora, debíamos castrarla, antes de que vuelva a entrar en celo.
La segunda persona con la que se conectó Morena fue con Julie. Aunque inicialmente parecía no tan dispuesta, luego de las atenciones y paseos a la veterinaria en su auto, aflojó y decidió confiar. Ahora tenía dos madres adoptivas. Aunque confieso que de mi parte en varias ocasiones dejé que las cosas fluyeran más y que pase lo que tenga que pasar, Julie era más responsable con su tenencia. Entonces, castramos a la gorda, y en unos días de atenciones y cuidado, la llevamos para su control. Su operación había cicatrizado completamente, recuerdo que el veterinario nos dijo que “fue muy rápido”, y que definitivamente era una perra sana.
Cuando Morena se sintió mejor, volvió a su lugar de felicidad y libertad: la calle. Entraba y salía de Kuña Róga cada vez que quería, ella era libre, aunque ya tenía un lugar en donde quedarse. Dejarla todo el tiempo encerrada en un pequeño espacio no era el ideal para ella. Sufría, lloraba y exigía que se la saque. Mirarla corriendo alrededor de la plaza, entre los árboles, persiguiendo pajaritos y revolcándose en el suelo era lo máximo. Poesía para los sentidos (re cliché jaja). Y así estuvo un buen tiempo, dueña de toda la cuadra y de la plaza, dueña de varios corazones que la querían, dormía en la vereda de una vecina que la cuidaba de tarde, de noche y los fines de semana mientras no estábamos en Kuña Róga. Si la dejábamos encerrada mientras no había nadie, hacía un tremendo escándalo y pedía que se la saque, entonces decidió hacer su vida a su manera.
En la calle y en libertad era feliz, pero había cuestiones a resolver: odiaba las motos. No le gustaba el ruido del escape, la rapidez con la que algunas pasaban, entonces la forma de mostrar su repudio era persiguiéndolas y ladrandoles con rabia. Empezó nuestra preocupación, mientras a la par también tratábamos de conseguirle un hogar fijo. Cosa que aún no pasó, bueno, pasó por un tiempo, pero no por mucho. Esa es otra historia que le toca contar a Julie.
Morena la feminista
Por Julieta Gamarra
Comenzaba el 2021 y Morena ya era considerada parte indispensable de Kuña Róga. En muchos aspectos era la jefa perruna de la cuadra, y tenía sus favoritos y sus odiados. Más o menos en esa época llegó Hachi, una cruza de chow chow. Apareció un día en la oficina con Morena, quien se veía contenta con su compañía, y como no logramos ubicar a sus tutores pasamos también a darle de comer. Meses después Hachi desapareció. Nos gusta pensar que logró encontrar a sus humanos, o al menos un nuevo hogar. Aparte de Hachi, había otros perros en la cuadra. A algunos, Morena los dejaba entrar a la oficina y comer de su plato; a otros, los ahuyentaba ni bien pisaban la vereda de Kuña Róga.
Ese año, la vecina que refugiaba a Morena en su casa decidió llevársela a su campo en General Delgado, un distrito ubicado a unos 80 kilómetros de Encarnación. La tristeza de desprendernos de ella se compensaba sabiendo que lo ideal era que tuviera un hogar permanente. La vecina nos mandaba, de vez en cuando, fotos de Morena correteando por el campo y nos comentaba que se llevaba muy bien con sus hijos. Así pasó el año.
En abril del 2022, con un nuevo proyecto en ejecución, habíamos vuelto a trabajar en la oficina.
El lunes 18 de abril por la mañana estábamos llegando a la oficina con una compañera y mientras estacionábamos, veo (me acuerdo patente el saltito que me dio el corazón) a una perra negra mirando atentamente hacia nosotras. ¿Morena?, me pregunté a mí misma. Bajé del auto y me acerqué; ella me seguía mirando con la cabeza un poco ladeada, entre extrañada y curiosa.
¡Morena!, le grité, y pegó un salto y vino corriendo hacia mí. No nos veíamos hace casi un año pero me reconoció de inmediato. Se la veía sana, bien alimentada. Algunas compañeras dudaban de que fuera ella, porque ¿qué hacía de nuevo en la oficina? Y sobre todo, ¿cómo había llegado? Las cicatrices en el lomo, producto del posible machetazo, pero sobre todo los ojos castaños fijos e inteligentes, nos confirmaban que era ella.
Le escribí de inmediato a Lichi a darle la inesperada pero sin duda buena noticia. Ella, que estaba estudiando en la ciudad argentina de Oberá, me pasó el número de la vecina que la había adoptado y le escribí. “Estaba preocupada tratando de contactarme con ustedes, porque tuvimos problemas con Negra” (así la habían bautizado). Aparentemente se había adaptado a su nuevo hogar, y los primeros meses no hubo problemas, hasta que su comportamiento empezó a cambiar. “Empezó a matar gallinas, sin comerlas. Se subía sobre la mesa, arrastraba los manteles.
Después empezó a aullar horas enteras, parecía que no se hallaba. Hasta empezó a ser agresiva.
Entonces yo pensé que estaba extrañando su barrio, su casa anterior”, nos contó la vecina. Entonces decidieron llevarla nuevamente a Kuña Róga. “Ella es una perra super inteligente, es impresionante. Nosotros nos encariñamos y por eso la trajimos. Mis hijos la extrañan mucho, pero ya no podíamos tenerla acá”. Nos relató que cuando la bajaron del auto en la esquina de la oficina, ella fue directo hacia el portón sin mirar atrás. Estaba de nuevo donde quería estar.
Conversamos con las compañeras y decidimos que si Morena había dejado tan claro que quería quedarse en Kuña Róga, no íbamos a tratar de impedírselo. Decidimos construirle una casita de ladrillos en nuestra vereda, para que pudiera refugiarse allí siempre que quisiera. Dentro le pusimos una manta y una lona, y la casita empezó a ser ocupada por todos los perros de la cuadra (o al menos, a los que ella aceptaba). El problema con las motos había pasado a segundo plano, hasta que pocos días después, fue atropellada por una mientras no estábamos en la oficina. Al conductor, por suerte, no le pasó nada, pero Morena sufrió un tajo enorme en la axila.
La llevé de inmediato a la veterinaria, donde la revisaron y me informaron que no solo necesitaría muchos puntos, sino que sería una herida muy profunda y difícil de sanar, y que era probable que Morena, una perra ya no tan joven, quedara con secuelas para caminar. Una vez más, Morena nos sorprendería.
El proceso de curación fue largo y tedioso. Morena aceptó de buen talante el collar isabelino, pero no estaba contenta con la indicación de hacer reposo y la prohibición de salir de la oficina. Cuando fue posible, empecé a dejarla salir con mi supervisión. Luego no quería entrar, hacía peso muerto y yo tenía que cargarla por la calle de vuelta a la oficina, con sus más de 20 kilos. Esto se extendió por semanas, pero la herida se curaba rápidamente y ella se recuperó por completo. Volvió a caminar, correr, saltar, como si nada le hubiera sucedido.
Este accidente nos interpelaba nuevamente y, como ciudadanas responsables, no podíamos permitir que volviera a suceder. Así que decidimos cambiar totalmente la dinámica. Morena pasaría a estar dentro de Kuña Róga de manera permanente, y solo saldría a pasear cuando nosotras estuviéramos presentes en la oficina. Era en nuestra ausencia que Morena, seguramente, se aburría y se comportaba de manera temeraria. El tiempo de curación de la herida fue también de adaptación para ella a esa nueva forma de vida, que continúa hasta hoy. Los días que no trabajamos en la oficina, nos organizamos y nos turnamos
para ir a verla, alimentarla, sacarla a pasear.
Ya no persigue las motos y obedece (casi siempre) cuando es hora de volver adentro. Cuando voy a verla, tenemos un juego especial entre las dos: ella se echa al suelo mientras yo le rasco la cabeza y le pregunto qué tal estuvo su día, y ella me responde. Sí, me responde. Tendrán que ir a visitarla conmigo para comprobarlo. Morena ahora tiene canas, los días de mucho calor prefiere estar adentro con el aire acondicionado y ya no se pelea con los perros del barrio. Su inteligencia es la misma de siempre, y como buenas madres, compartimos continuamente anécdotas y fotos de ella. Que si enterró el hueso, que si se puso a roncar, foto en la plaza, foto mirando la lluvia. Ama la chipa y los sobrecitos de comida húmeda. Morena es el alma de la oficina y su historia de resiliencia forma parte de la larga trayectoria de Kuña Róga. Cuando cumplimos nuestros 25 años como organización, decidimos pintar un mural en la oficina que diera cuenta de nuestro recorrido, nuestros hitos, logros, luchas y desafíos. Y por supuesto, ahí está Morena también: con su expresión de ojos sonrientes, custodiando nuestra casita para siempre.

